El último día en parís fue aún más intenso que el que pensé sería el último.
Primero el intento de imprimir la tarjeta de embarque.
Una odisea. Los sábados a la mañana se paraliza París.
Todo cierra. O al menos todo lo que está cerca de Gare de Lyon.
Después de mucho intentarlo,
de preguntar a mujeres y hombres bordes (léase franceses)
me encontré con un tipo majo de un locutorio que se ganó mi confianza
a base de gominolas.
Vuelta al albergue, recoger las cosas y dejarlas en la luggage room.
Y de compras por rívoli.
Pero cambio de planes.
Según iba andando, llengando al hôtel de ville,
me acuerdo del marche aux puces.
y allá que voy.
me costó lo mio llegar, pero llegar llegué.
y me encantó. Si en el museo había cosas que me quería llevar a mi casa, allí ni que decir.
y lo peculiar del viaje al mercado, un chico libanés.
Nos contamos nuestras vidas. La mia no la voy a contar que ya os la sabéis.
¿La suya? Había estudiado enfermería pero los fines de semana le ayudaba a su padre en el puesto en el mercado.
Y allí estuvimos, casi dos horas. Me decía que si no volvía él podría enseñarme árabe y yo a él español.
...
Y aquí estoy, en el avión de vuelta. Intentando no pensar en las cosas que he hecho bien y las que he hecho mal.
Porque lo hecho hecho está.
La próxima vez (espero que pronto) más y mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario